TIEMPO SIN LLUVIA

por Cynan Jones| Chai editora| Selección mayo 2020

Un hombre, Gareth, sale a buscar una vaca que se escapó. La escena es hermosa, por donde se la mire. Esa simple actividad, ajena e inentendible para una vorágine urbana, es el fino hilo que sostiene la densidad emocional presente en Tiempo sin lluvia. Mientras va en busca del animal, los recuerdos, los deseos, las frustraciones y la familia son algunos de los elementos por los cuales transita el protagonista y toda la historia. Y rápidamente aparece una pregunta: ¿dónde estoy parado?

Es interesante pensar que el presente siempre es una forma inacabada e incompleto, siempre expuesto y maleable a un pasado (por la lectura del pasado que cada uno hace) que se resignifica a cada rato, y por los deseos que nos mueven hacia adelante. Eso ofrece un resultado: una incomodidad permanente. Y esa parece ser una verdad. Además, la novela nos muestra pinceladas de una existencialidad en la que la posibilidad de derrumbe (del que difícilmente podamos levantarnos) estuviese ahí nomás, a la espera de un pequeño incidente que lo acelere todo y perdamos el control. ¿No es acaso también una novela sobre el deseo por el control absoluto de la existencia, por ese despliegue insoportable de la razón sobre las cosas? 

La novela tiene precisión en el desarrollo de un clima. Es el campo, es la lentitud, son los pequeños anhelos, es la tierra seca por la falta de lluvia, es la familia que se habla poco en su interior, es un la naturaleza de un lugar cerca del mar. Y es la voz de Gareth la que narra en esa fluidez, aunque a veces aparezcan pequeñas ráfagas a partir del protagonismo de su mujer. Y lo interesante es que esas apariciones entran de lleno como un golpe a la mandíbula, pequeños aportes que resignifican todo.

La familia es uno de los grandes temas, un retrato que se construye a partir de la tensión entre las distintas singularidades. Y la familia parece ser eso, el marco de todo, la posibilidad de, pero también su anulación o sus límites. Una mujer que parece nunca recuperarse de un engaño y el dolor que la persigue, un dolor que es todo cuerpo; un marido que planea expandirse para anclarse definitivamente en el campo, un adolescente que quiere (o debe) irse para vivir otras aventuras y una niña que es simplemente una niña mirando a partir de la simpleza.

En este sentido, hay algo latente en casi toda la historia. Y que tiene que ver con la espera. No es una espera en el sentido de cuerpos y deseos quietos, sino la espera de que algo de eso que no se resuelve, un día lo haga mágicamente. Una especie de milagro en el que los sujetos (todos los protagonistas) parecen ponerse fuera, como si no fueran ellos los motores de su destino, aún sabiendo de que esa voluntad de cambio luego será trastocada porque no es posible controlar todo.

Uno de los grandes matices de la novela: qué pasa con las definiciones, qué pasa con las decisiones. 

¿Y qué pasa? La vida, mientras tanto, yéndose.

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