PICHONAS

por Claudia Aboaf | Notanpuán | Selección junio 2020

Desde el preciso momento en el que la protagonista pone en palabras su temor, que está en relación a su historia y a su presente, todo lo demás parece una caída hacia lo más oscuro de la relación humana. Difícilmente uno puede olvidar, ya sea al terminar la novela, o incluso mientras la está leyendo, ese bautismo que es la sospecha de un gesto, un algo que resignifica todo lo anterior y nos deja en estado de pánico (¿vemos lo que queremos ver?). De alguna manera, caemos de golpe en lo que la protagonista mira. Y lo que mira, parece simple: su marido en diálogo con el jardinero. En principio, no sería más que una escena ordinaria y simple, sin embargo, ella ve algo más, ve un gesto que hará explotar el susto que había estado acumulando en su interior. 

Hay algo magnifico ahí. Es la siembra de una duda, tan potente, que se sostiene durante toda la historia. La novela no puede leerse sin la sospecha de que Jorge, el marido, no es quien parece ser. Pero a medida que todo avanza, esta hipótesis aplica a todos los personajes. Cada uno es un racconto de recuerdos que intentan dar significado a ese presente que los tiene a punto de reunirse en un asado familiar. Una reunión que es trunca, oscura y desencadenante de las decisiones que cada personaje deberá tomar.

A su vez, la novela tiene otra maravilla y es la posibilidad de imaginar y comprender que las historias de cada uno, incluso las de aquellos que han compartido un mismo lugar de crianza, pueden ser tan disímiles, tan distintas, como inaccesibles. Casi que podríamos volver a preguntarnos al terminar de leer: ¿quién es el que está a mi lado? ¿Realmente es quien creo que es? No es solo las anécdotas de dos hermanas que se contraponen para descubrir que han vivido mundos diferentes, sino el hecho también de que, efectivamente, el otro es un ser incómodo, en sus silencios, en sus omisiones, en sus secretos. Esto no sería una novedad, pero lo refresca porque nos olvidamos muy fácil de ello. El otro es una construcción que hacemos, un lugar donde ponemos sentido, pero también es un otro que hace lo mismo y que guarda para nosotros el mismo misterio, aunque pretendamos domesticarlo.

Hay un balance que se desbalancea. La novela tiene la particularidad de ofrecer horrores, se llegan a ellos como si estuviésemos en una montaña rusa, donde el juego está en el contraste de los puntos tranquilos y las caídas libres. Es en el momento en el que el lector quiere encontrar un punto de comodidad y relajación, cuando el terror empieza nuevamente a dejar sus rastros para que volvamos a descender a confirmar que podía haber algo peor. Es decir: cuando creíamos que ya lo había pasado todo, algo vuelve a ocurrir, ya sea en forma de sospecha o en forma de confirmación.

Para el final, una pregunta: ¿tenés hermanos/as? ¿Lo/a conocés bien? ¿Estás segura/o?

 

 

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