LA EDAD DEL AGUA

por Marcelo Carnero  | Mardulce editora| Selección febrero 2019

Ayer, la conquista de nuevos territorios y la religión; hasta no hace muy poco el petróleo; hoy, quizá, las disputas comerciales y el supuesto terrorismo; y mañana, nos dice Carnero, podría ser el agua. Pero la novedad no está ahí, porque el agua, como recurso natural, ya se ha dicho que escasea y que podría ser la excusa de enfrentamientos en el futuro.
 
Es que en realidad, no sabemos si hay novedad en La edad del agua porque todo lo que sucede, bien podría ser muy cierto. Una empresa (“La constructora”) que es la que está haciendo negocios con el agua, un gobierno cómplice, organizaciones sin fines de lucro con doble cara, intereses en pugna, un asesinato y un periodista curioso Y también, un falso cura que oficia de presentador de la historia.
 
La novela se puede leer entonces como lo inevitable, como esa sospecha de que, más tarde o más temprano, sea por la razón que sea, terminaremos en la autodestrucción (desde CdL suponemos que lo único que podría evitar ese camino sería la presencia de una nueva otredad -extraterrestres- aunque sin garantías). Carnero se nos adelanta, y en un escenario de destrucción que nos resulta muy cercano, vuelve a poner en escena la discusión por las relaciones con el otro.

 

Desde las primeras páginas, La edad del agua no es una novela de esperanza. Con un ritmo ágil, con una prosa entusiasta (entiéndase, una prosa que no es vaga), con una llamativa morbosidad y una estructura en saltos temporales, la novela nos lleva por un recorrido que, a pesar de percibir el desastre que acontece, ofrece puntos de misterio y situaciones que nunca terminan de definirse, como si se escaseara la información a propósito (lo cual, suponemos, la inscribiría en una novela más histórica).
 
Si nos salimos de la trama principal, Carnero nos esconde algunos dramas que resultan interesantes. Relaciones entre padre e hijo: periodista padre y periodista hijo que sigue sus pasos; Lumumba, líder de Crecimiento Verde, y un padre a quien nunca pareció conocer del todo al experimentar la traición; o Níctor y un padre que nunca llegó a conocer más que por las grabaciones que éste último le dejó antes de morir. Y también hay amores inconclusos, como se sospecha entre Níctor y Mili:

 

"Vio a Mili charlando con Equis y entonces la escuchó reír, como solo la había escuchado reír a ella, casi susurrando, con el cálido rumor de una lluvia de verano…; una vez Mili se había olvidado una polera negra en su casa y el la olió hasta quedarse dormido. La olió hasta dejar de oler."

 

En el medio de esas interacciones, de enfrentamientos y dudas, Carnero se acerca al género policial y juega con él de manera cruda, y por momentos, de manera irónica. La estructura en fragmentos que van del pasado al presente, y viceversa, le da a la historia una amplitud que se disfruta, como si estuviéramos espiando un gran trama de corrupción y engaños. 
 
Por si fuera poco, las páginas finales son de una belleza poética que podríamos leer una y otra vez. Un final trágico, pero dulce.

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