GENIOS POBRES

por Claudio Iglesias | Mansalva | Selección noviembre 2019

Claudio Iglesias pinta retratos con sus frases. El ritmo ágil, que le permite dar saltos temporales, ir y volver en la vida de cada uno de estos genios pobres, logra captar momentos de la vida de diferentes artistas plásticos argentinos mediante los que se intenta llegar a una comprensión de su espíritu. Pero todo el tiempo, Iglesias advierte esa contradicción: la de intentar encontrar un único sentido que permita alinear la vida de un artista. Y entonces, nos pasea por fragmentos que parecen tener una continuidad, matices que al final de una vida se unen caprichosamente para crear una idea acabada, coherente y racional de lo que fue una existencia. Por eso son biografías, intentos de acercamiento a la mente y cuerpo de esos artistas. Sin embargo, como decíamos, Iglesias deja muy en claro que, si llegamos al final de la vida y miramos para atrás, solo encontraremos comportamientos, acciones, decisiones, todas las cuales no debieran ser vistas desde los ojos de nuestra propia existencia, sino como intentos de supervivencia de un alma inquieta.

Si pudiésemos extraer algunas líneas en común, podríamos decir que el artista es, antes que nada, alguien inquieto. Alguien que nunca logra explicar del todo por qué hace lo que hace. Son cuerpos que se mueve atravesados por una sensibilidad que muchas veces los incomoda, quieren entender el mundo, lo quieren reflejar y explicar en sus cuadros, pero el mundo (tanto el interior como el exterior), siempre se les escapa. También los marca la insatisfacción. Una queja permanente que vuelve a la vida una especie de condena. Ese estado es el que los mueve, los pone en acción. El artista, quizá, no logra ver nunca del todo que el mundo es una representación, que justamente en esa violencia que existe a la hora de intentar captar la esencia, en realidad, nunca se logra del todo, se dejan cosas fuera, se recortan objetos y sentidos. Como se suele decir, el mapa nunca es el territorio. 
 

El libro de Iglesias también lograr mostrar etapas. A partir de la reconstrucción de cierto espíritu artístico de época, nos invita a espiar un mundo de intelectuales, a veces en pose, a veces con salidas extraordinarias, que dieron color a la vida de los centros urbanos del siglo XX. Se puede notar cómo viajaban los rumores, las novedades, las noticias y las exposiciones en un mundo que todavía no conocía el tráfico de información a partir de la llegada de Internet. Son vidas que avanzan más lento, que todavía sienten la inquietud por descubrir y conocer de formas imprevistas, a contrapelo de la saturación y la facilidad con la que hoy se accede a casi todo para (supuestamente) conocer el mundo.  
 

Siempre incómodo, el artista no encuentra nunca su lugar. Por momentos, fantasea con la contemplación en silencio, lejos del ruido, lejos de los mandatos. Se siente condicionado por su historia familiar, pero esa es también su motor, su inspiración, su fuente de duda que le permite pensar y explorar. El libro de Iglesias también parece decirnos algo más, quizá sin quererlo. Y es la cuestión de la fugacidad. Mediante el capricho de sintetizar vidas en pequeñas y ligeras viñetas, también vemos la fragilidad de la existencia, su paso corto y breve en la historia. Artistas revoltosos que dejan legados, y a la vez, la comprensión de que fácilmente las cosas y sucesos caen en el olvido. 

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