EN EL CUERPO UNA VOZ

por Maximiliano Barrientos | Eterna Cadencia | Selección abril 2019

Dos hermanos escapan, logran escapar, que no es menor. Escapan de la barbarie y de la violencia. Son, por el momento, testigos de la atrocidad, esos que logran dar testimonio del horror para también expandir el miedo sobre los demás. Si como dicen muchos, la novela En el cuerpo una voz de Maximiliano Barrientos es profundamente cinematográfica, la primera parte es una cámara que baja y se pone bien de cerca de la escena que vemos: sentimos la respiración agitada de los hermanos que escapan, como lectores, nos movemos con ellos, entre ellos. Pocos datos, pocas descripciones, pura acción. El efecto está logrado: ¿qué sigue? ¿cuál es el marco de esa fuga y esa violencia suelta apenas?

Lo que sigue son retazos, escenas que nos acercan, desde el otro lado, a la violencia extrema. Cuerpos mutilados, cocinados, soldados que comen carne humana y un General. Un General casi sin descripción, como dándonos a entender que su figura no importan en cuanto a que en esos momentos históricos, cualquiera podría ser, da lo mismo si lo que hay es canibalismo. Sin embargo, por lo que viene después, podemos también comprender cómo la violencia parecer ser una cuando es mostrada, y otra cuando es contada desde el miedo, el horror y los recuerdos. Es que la siguiente parte de esta novela exhibida a través de momentos, ya cuando las brigadas del General han desaparecido y se está intentando restaurar un orden, se llena de breves testimonios de los que han sobrevivido. Con todo lo que eso conlleva: imágenes imposibles de borrar, pesadillas, vivencias del horror, familiares asesinados, y la verguenza de haber cometido, ellos también, atrocidades, ya sea para sobrevivir o por amenaza de muerte. Es, en esta parte de la historia, el hermano sobreviviente quien tiene la tarea de reconstruir el pasado, "...armar una memoria colectiva, un mural de voces, gente que hablara sin ninguna clase de pudor, que tuviera la valentía de salir del anonimato, hacer visible su rostro y contar lo que le habían hecho...como una terapia". Así, asistimos como lectores a una especie de documental dentro de la ficción, relatos que por momentos ponen la piel de gallina. Y en el medio, descubrimos también el pasado y la historia de los hermanos. 

Alguna vez, hemos leído que la modernidad se encarga de pasteurizar la historia, reducir sus efectos y sus verdades, convirtiendo a toda experiencia humana en un espectáculo a ser disfrutado abonando una entrada. La expansión de la modalidad de monumentos y museos como forma de mostrarnos y mostrar a generaciones siguientes lo que ha pasado. Pero el museo es eso: un espacio muerto, congelado, al que se le borran ciertas huellas.

Barrientos parece ir por esa línea al mostrar una postura incómoda que tiene relación a cómo pensar el pasado cuando este esconde balas, sangre y muertes. Hasta dónde el dolor puede ser una forma recurrente de experimentar los recuerdos. Y hasta dónde hay que hacerlo para intentar recordarnos qué caminos no deberíamos volver a tomar. 

En ese camino que transita la historia, donde se van sumando voces y escenas, el protagonista y quien lo acompaña en los viajes para encontrar esas voces, también se ven afectados por esos relatos. Y este es otro punto: no se puede ser indiferente, aunque uno se empecine en querer olvidar. Se trata de cuerpos que narran a otros cuerpos las marcas de la violencia. Barrientos llega al punto de exhibir con suma claridad que las heridas nunca cierran, o no cierran como acto individual consciente. El final es una demostración de, por un lado, hasta dónde puede crecer la sed de venganza, y por el otro, cuánto hay de inmanejable si no atendemos todas las cuestiones en su complejidad. Es decir, una advertencia: cuantos más seguros estemos, más hay que dudar de esa seguridad.   

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