El lugar donde mueren los pájaros

por Tomás Downey  | Fiordo Editorial | Selección noviembre 2018

"Josefina asiente y los hombres se ponen de pie. Ella abre la puerta, mira hacia afuera. La nieve empieza a acumularse y el invierno se estira. Piensa en los soldados que marchan sobre la tierra congelada. Hay una imagen que no logra sacarse de la cabeza. Se la relató Manuel en una carta, con demasiada precisión. Un soldado se quedó dormido, recostado contra la pared de la trinchera. Durante la noche heló. Lo encontraron por los gritos, con un brazo adherido al barro congelado. Tuvieron que amputarlo a la altura del hombro"
(de Los hombres van a la guerra).


"Si hay trabajo, los hombres trabajan. Y si hay guerra van a morir, una y otra vez". Si cada lectura es nueva y depende de un contexto, de un momento, de las palabras que se escucharon en el día, por alguna razón, la primera evocación sobre el libro de cuentos de Tomás Downey nos viene por el lado de "Los hombres van a la guerra". Una mujer acostumbrada a los pésames, acostumbrada porque se repiten sin explicación, seguramente como consuelo, como forma de supervivencia ante la sensación de vacío. La noticia de la muerte de su marido siempre es acompañada por un objeto: los oficiales que comunican la noticia dejan un cuchillo con mango de caoba, una metáfora de la puñalada. Esa repetición se da con el sabor amargo de una existencia que ya no tiene fundamentos, no tiene sostenes, aun si fueran éstos algo irrisorios. Ni siquiera, llama la atención, la mujer se aferra a la visita de los oficiales. Podría, suponemos, creer que en alguna de todas esas veces, la noticia podría volverse diferente ("venimos a comunicarle que su marido es un héroe vivo"). La pregunta final es si, en la escena en la que decide contar cuántos cuchillos ha guardado, se clavará alguno como forma de suicidio.


"Espera al hombre en su silla hasta entrada la noche, toma de a sorbos largos, mira el cielo. María sale de la casa envuelta en una manta. Hace frío, dice. Va a venir, va a traer unos chorizos, responde Alonso. Asiente, confiado. Sí, va a venir."


En Un ramo de cardos, la imagen (porque como dice su autor, de ahí se vale su ficción) es la de una pareja del campo en la que el silencio acumulado, gran parte producto de la pobreza y el hambre, está a punto de hacer estallar lo poco que queda entre ellos. Diálogos secos, que esconden rabias y enojos, mientras el protagonista espera una promesa. Una fugaz esperanza de que le pagarán por una changa (cuidar un caballo) y con eso, tirará unos días más. Me parece que, ante todo, la pobreza es eso: la imposibilidad de pensar en algo más que hoy. Tantas veces el discurso sobre la pobreza y los pobres se hace desde la clase media, sin que ésta entienda en lo más mínimo que repercusiones emocionales tiene la carencia permanente. A punto tal es la violencia de esa condición que Alonso ni siquiera puede cuidar al caballo, lo único que tenía que hacer.

 

Creo que hay que tener paciencia para leer a Downey. Sus cuentos parecen una larga escena, una condensación de un fragmento de una vida en la que nos deja ver que lo racional está siempre al límite, justamente para eso: descubrir las inconsistencias de lo racional. Una madre obsesionada con el trabajo (¿por qué no?) que no sabe qué hacer con su bebé recién nacido; unos padres, aparentemente al borde la separación, que simulan un veraneo en familia donde también hay un bebé recién nacido. Las dificultades para dormir (tan reales) pueden despertar cierta monstruosidad en ellos y sus otros hijos ya más grandes; o las hermanas, angelicales pero diabólicas, que destripan chanchos. 
 

Con ciertos toques fantásticos, no pueden dejar de leerse en clave realista. Como la de aquella pareja de novios, uno embobado por la llegada de extraterrestres, y ella que, incluso en ese posible fin del mundo, no encuentro su comodidad con él. 

  • Facebook - Círculo Negro
  • Instagram - Negro Círculo

©2018 by El club del libro | Una idea de Lucas Vesciunas