EL CABALLERO QUE CAYÓ DEL MAR
por L. C. Lewis  | La bestia equilatera | Selección diciembre 2018

Tenemos a un hombre estable: Henry Preston Standish. Presentado, con el correr de las páginas, como un hombre aburrido de tan estable que aparenta ser. Puesto en contexto del año de publicación de la novela (1937), es interesante cómo la historia nos lleva a pensar ya (para esa época) la figura del hombre aburrido como la de aquel sujeto que está plenamente adaptado a la vida social, al modelo capitalista y a todo lo que se espera de él.

 

Un hombre esperable, un modelo, una referencia del sujeto racional con la vida controlada. Si todos fueran así, sería la promesa que el mundo desarrollado expande sobre nosotros. Podríamos decir que la sociedad capitalista busca hombres esperables, predecibles. Pero claro, siempre termina sucediendo que el intento por anular el conflicto y las contradicciones del espíritu resultan ser una ilusión. El malestar que intentamos esconder, siempre retorna. El ruido como aquellos nudos que nunca son resueltos del todo en las sociedades es algo que siempre hay que estar pensándolo, de ahí que se vuelva agotador para la mayoría, que siempre encuentra en cierta ceguera, una mayor comodidad.

Pero retomemos a Standish. Estable, sí. Pero como sucede a menudo con todo aquello que intenta ser anquilosado en un punto de cierre coherente, en una existencia sin ruidos, deviene luego en alguna fuga de escape, manifestada muchas veces como un síntoma, una rareza, un malestar en el cuerpo, o el espíritu. 

 

Standish, el hombre con la vida ordenada, tiene un momento de zozobra. Un escalofrío que lo invita a salir a dar un largo y solitario paseo por Battery Park. Por primera vez en su vida, vemos, Standish no ha hecho lo que se espera de él. Comete, digamos, una falta, un atrevimiento que obviamente despierta en él una cierta curiosidad, y por qué no, un deseo nuevo.  

“…Standish, sentado en su oficina privada, se vio de pronto asediado por una vaga inquietud…”; “Se levantó un velo delante de sus ojos y vio el mundo de otro modo.”

 

A partir de ahí, lo primero que hay es una falta de herramientas por parte del propio Standish para poder elaborar esa inquietud; nunca le había dado lugar a sus preguntas internas. Se siente enfermo, triste, apagado. No entiende qué le puede estar sucediendo si justamente él, lo tiene todo para ser feliz. Y de un momento a otro, decide que debe viajar. Solo. Sin nadie. Alejándose del otro.

 

Ya en mil novecientos treinta y pico tenemos la fantasía del aislamiento. Standish pone por delante la idea del escape como solución a todos los problemas. Fantasía recurrente, hoy también en boga (incluso nosotros la experimentamos a veces jeje), viajar resulta ser la alternativa que acomodará todo en su lugar. 

¿Y si me desprendo de todo y de todos? 

 

Con el avance de la novela vemos un doble juego. Standish se ha escapado de su entorno para estar solo (aunque nunca se esté definitivamente solo), y termina así: literalmente solo, olvidado en el mar, sin que nadie perciba que ya no está más a borde del Arabella. La fantasía llevada al extremo, y al absurdo de una muerte sin sentido.

En este sentido, El caballero que cayó del mar (editorial La bestia equilátera) nos invita a trazar una analogía con la historia del protagonista de Into the wild (“Hacia rutas salvajes”). Un joven que se escapa de las opresiones del modelo capitalista para terminar solo, olvidado en medio de la naturaleza, y sin poder contar con el otro para salvarse cuando está por morir, producto casi de un absurdo. En el medio de esos extremos, en el medio de un sujeto esperable y un sujeto harto que necesita escaparse, están todas las cuestiones que siguen en permanente tensión, y que son las que en definitiva nos mueven hacia adelante.

Durante sus horas en el mar, hay otro punto que también se vuelve más actual que nunca. En medio de la tragedia y el abandono, Standish se toma un momento para imaginar cómo podría llegar a construirse el relato de su proeza, su caso convertido en atracción para las mayorías si es que logra salvarse. El hombre que naufraga en el mar y se salva. Algo de eso hay en tanta exposición en redes sociales: somos héroes de nuestras vidas mostrando nuestras hazañas diarias. 

La actualidad con la que puede leerse la novela es una de las cosas más sorprendentes que tiene la historia, aunque también nos puede hacer pensar que somos una repetición, no hacemos más que seguir rodando la misma rueda.

“Todavía no estoy muerto, pensó Standish. Pero tampoco vivo”.

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