AUSTRALIA

por Santiago La Rosa | Metalúcida| Selección marzo 2019

Todo era estable en los protagonistas (buscamos las certezas, las bases firmes y seguras, tener resuelta la mayoría de las cosas porque eso expulsa el dolor y la incomodidad, casi un "mejor no pensar"). Una pareja que ante una dificultad (un contexto económico adverso, crisis Argentina del 2001), había decidió escapar hacia Australia, un país que a primera vista calificamos como ordenado y estable, y por qué no, seguro. Allí encontraron los cimientos que sostienen una pareja moderna: buenos trabajos y sueldos, seguridad y posibilidades de proyectar. Aunque, conocemos luego, hubo un embarazo que no prosperó, y que luego, no volvía a aparecer.

Australia es una novela sobre la pareja, sobre la relación de un hombre y una mujer, y sobre la relación que cada uno de ellos tiene consigo mismo, fuera del dinamismo de una dupla, lo que podríamos definir como las miserias cotidianas. La historia comienza con un embarazo perdido (un segundo en la historia de la pareja), que con el avance de las páginas, reconocemos que había sido ampliamente buscado (visitas a especialistas, estudios, dudas, etc.). Solo basta con tener una pareja amiga o familiares que atraviesan una situación similar para dimensionar todo lo que hay en juego cuando se quiere buscar un hijo. En la incesante búsqueda -a veces hasta irracional- de la posibilidad de un hijo, la pareja avanza incorporando a su historia estos vaivenes y angustias. De ahí que la presión depositada en ese embarazo que aconteció de manera milagrosa fuese mucho mayor.

Ese embarazo no llega a buen término y a partir de ahí arranca la novela (en todos sus sentidos). Todo lo dicho anteriormente, aparece luego, lo descubrimos con el avance de la trama, en cuenta gotas. En esa circunstancia inesperada se instala la reacción de cada uno de los integrantes de la pareja. Gabi, la mujer, parece no escuchar y cree que su embarazo sigue en pie. Tal es así, que le sigue la corriente a un médico que pone a la ciencia en ese lugar que a veces todos sospechamos: el de la rentabilidad. Justamente, una ciencia racional que parece decir: ok, creés que estás embarazado, hagamos de eso un show. Una metáfora simple, pero muy bien usada.

Y él, el narrador en primera persona de Australia, que no puede encontrar un punto firme. Toda la situación parece llevárselo puesto, como si no pudiera intervenir, como si su angustia lo anulara como sujeto (bueno, es lo que a veces pasa con la angustia). No pelea con su mujer a quien podría achacarle que se ha vuelto loca, no pelea con el obstetra que le plantea una idea jugosa en términos de guita, no pelea ni con sus familiares, ni con su historia, ni con su trabajo, ni con nadie. El narrador de Australia es una persona que está como en un no lugar. ¿Y qué hace? Bueno, quizá acá esté uno de los puntos flojos de la novela. Acude a un flojo y poco original amorío con una prostituta (Marina), que ni siquiera pasa por el lado del deseo porque es alguien a quien no se puede coger.

En el avance de un embarazo ficticio la pareja vuelve a lo que fue: ante una adversidad, escapa. Ella, mediante el delirio; él, bueno, simplemente escapa y fantasea con una nueva vida en Ecuador, junto a Marina. 

El ritmo vertiginoso de la segunda parte de la novela es casi una road movie. El narrador va y viene, piensa qué es lo que debería hacer, se oculta. Y llega al final, al supuesto día pactado del parto, metiéndose en ese show mediático montada por el médico, entregándose a la situación: si esto es lo que hay, habrá que creer en ello.

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